lunes

Mensajes Inspiradores

 
Jesús de Nazaret
Discurso del Presidente de la Estaca Rafael Diogo
 
 
 
Conferencia Estaca Melo -  26/05/13

         Mis apreciados hermanos, me da gusto verlos en esta Conferencia. Deseo que el Señor nos acompañe con su Espíritu.
       Hoy deseo hablarles del fundador de esta Iglesia, de nuestro querido líder, de nuestro Maestro, de Jesús de Nazaret.
 

         Desde antes de la fundación del mundo, Jesucristo estuvo en el concilio de los cielos al lado de Dios. Allí presentó su propio proyecto para llevar a cabo el Plan de Salvación para todos nosotros. Porque se evidenciaba en los cielos, que el hombre al alejarse de Dios y venir a este mundo probatorio, caería y necesitaría un Redentor. Su plan en esencia consistió en ofrecerse a sí mismo para ser el Salvador del Mundo, y dar su vida para rescatar a todos.

                  “Nadie tiene mayor amor que éste, que uno ponga su vida por sus amigos.”
(Juan 15:13)

         El papel de Jesucristo en la creación del mundo, en su vida Pre-Existente, fue muy protagónico.

         En la Biblia, en Génesis 1:26 Dios habla de la siguiente forma:

         “Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza…”

         Evidenciando entonces que había más de una persona en la conversación al hablar en plural: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza…”

         Uno de los Dioses en ese Gran Concilio Pre-Terrenal, era Jesucristo. En la misma Biblia, Juan, el discípulo amado, dijo refiriéndose a Jesucristo:

         “En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios.

         “Éste estaba en el principio con Dios.

         “Todas las cosas por medio de él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho fue hecho.

         “…En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por medio de él; pero el mundo no le conoció.”
(Juan 1:1-3,10)

         El Apóstol Pablo en su Epístola a los Hebreos, también dijo haciendo referencia a Jesucristo:

         “En estos postreros días, nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien, asimismo, hizo el universo.”
(Hebreos 1:2)

         En una conversación, que Jesús tuvo con los judíos, en el Templo de Jerusalén, dijo:

         “Abraham vuestro padre, se regocijó de que vería mi día; y lo vio y se regocijó.

         “Le dijeron entonces los judíos: Aún no tienes cincuenta años, ¿y has visto a Abraham?

         “Jesús les dijo: De cierto, de cierto os digo: Antes que Abraham fuese, yo soy.”
(Juan 8:56-58)

         Después de su vida pre-existente, como la nuestra, nació de María, una mujer virgen, una mujer santa, quien se casó con José. Ambos descendientes directos del rey David, y ambos herederos del trono del reinado de Israel, si no hubieran sido súbditos de los romanos.

         El Hijo de Dios, nació de una madre terrenal y de un Padre divino. Necesitaba las características humanas para comprender a su gente y luego morir por ellos, y las características divinas para tener poder sobre la muerte y poder pagar el precio de los pecados de los hombres.

         Porque Jesús mismo se había ofrecido antes de este mundo, para ser el Salvador de la humanidad, pagando Él el precio de los pecados de los hombres y mujeres si se arrepentían, acto sagrado que hizo en el Jardín del Getsemaní. Nadie más podía pagar pecados de otros, a no ser un ser limpio y sin pecados como lo fue Jesús.

         También estuvo dispuesto antes de este mundo a dar su vida por toda la humanidad, para vencer la muerte por buenos y malos, acto sagrado que hizo en el Gólgota. Nadie más podía dar su vida, sino Él que era inmortal, por herencia de su Padre Celestial y mortal por herencia de su madre María. Sólo Él podía no morir si quisiera. Él, refiriéndose a su propia vida, dijo:

         “Nadie me la quita, sino que yo la pongo de mí mismo.

         ”Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar. Ese mandamiento recibí de mi Padre.”
 (Juan 10:18)

         De ese modo venció al pecado y a la muerte, dándonos el perdón de nuestros pecados y dándonos la resurrección. Venciendo así a la Muerte Espiritual, y a la Muerte Física. Morir espiritualmente es separarse de Dios, morir físicamente es cuando el espíritu se separa de nuestro cuerpo.

         Cristo el Salvador, el Redentor de la humanidad, a quien amo, a quien sigo, a quien honro y a quien procuro servir dando lo mejor que puedo dar. Su influencia ha trascendido los siglos, sus milagros por medio de la fe han perdurado en la humanidad, desde los días de su ministerio terrenal hasta el presente.

         Jesús Dijo, como quedó registrado por Juan, su discípulo amado, en el capítulo 7:

              “… Mi doctrina no es mía, sino de aquel que me envió.

 

         “El que quiera hacer la voluntad de él conocerá si la doctrina es de Dios o si yo hablo por mi propia cuenta.”
(Juan 7:16-17)

         Si alguien, no tiene suficiente fe, el método es muy sencillo: Haga la voluntad de Dios y comprueba la diferencia. Compruebe si no crecerá espiritualmente, si su mente no se abrirá y percibirá muchas cosas que lo harán crecer, compruebe si no recibirá muchas bendiciones, y si no recibirá paz y felicidad, y si sus oraciones no serán contestadas.
 

          Yo sé que la doctrina es de Dios el Padre y de su Hijo Jesucristo, y que es verdadera. He sido testigo de la misericordia de Jesucristo y del poder de su expiación en mi vida, y lo visto en la vida de otros. He sido bendecido e inspirado por Él. Sus enseñanzas me han protegido en la vida para tener paz y armonía, y ser optimista y feliz.
 
         He visto como bendice a la gente y soy testigo de su maravillosa influencia en mi familia desde cuando fui un padre y esposo joven.
 

         Siempre confié en que escucharía mis oraciones y me ha cuidado siempre. Me ha escuchado cuando he orado por mis hijos cuando eran pequeños y aún lo hace cuando oro por ellos ahora. Recuerdo cuando oré sinceramente por mi hijita Elizabeth, y se solucionó el problema inmediatamente. Recuerdo cuando oré por mi hijito Samuel, en una oración solo y sinceramente, para que lo sanara porque se le cerraban los bronquios tantas veces que no lo dejaba respirar bien cuando era niño; y Dios oyó y bendijo a mi hijo y lo curó hasta hoy. Oré cuando mi esposa enfermó de algo que nos asustó, oré sinceramente y se sanó. Oré de rodillas junto con mi amigo Lino otra vez por mi hijita Elizabeth y lloré, porque parecía que se moriría, y Dios le preservó la vida y se sanó. Oré por paz y me la dio, oré por sabiduría y muchas veces la recibí, oré por inspiración y la he recibido. Oré para estar más cerca de él, y siempre he sido oído. Oré por salud, y Dios me la dio. Pero también oro para darle gracias por todo lo que recibo de Él: Mi vida, mi familia, mis seres queridos, mis amigos, la fe, el testimonio, el conocimiento, el sacerdocio, las bendiciones del Templo, mi bendición patriarcal, nuestros dones, talentos y habilidades, la protección y el sostén diario. 
 

         Y cada oración a Dios la hago con fe, y Jesucristo es mi intermediario, porque siempre me dirijo a Dios en su nombre.  Él dijo:

         “Y cualquier cosa que pidáis al padre en mi nombre, si es justa, creyendo que recibiréis, he aquí, os será concedida.”
(3 Nefi 18:20)

         No me quiero jactar, porque me esfuerzo como todos ustedes por ser fiel a mi Dios. Sirvo a veces a este Jesús con la bondad de Juan el amado, otras con el ímpetu de Pedro, pero con mis errores y aciertos sirvo a Dios defendiendo la verdad y la pura doctrina.  

         Pero creo que es como dice el Apóstol Juan:
 

         “Y cualquier cosa que pidamos, la recibiremos de él, porque guardamos sus mandamientos y hacemos las cosas que son agradables delante de él.

         “Y este es su mandamiento: Que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo, y que nos amemos unos a otros como él nos lo ha mandado.”

         “Y el que guarda sus mandamientos, permanece en Dios, y Dios en él…”
(1 Juan 3:22-24)

         Jesucristo es el único intermediario entre Dios y los hombres. Las oraciones las hacemos al Padre Celestial, pero las pedimos en su nombre. Y Dios las contesta porque Dios lo ama, y se refiere a Él diciendo:
 

“Este es mi Hijo Amado, en quien me complazco”
(Mateo 3:17)

         Yo confío en la oración, sé que son contestadas, porque Dios ha contestado las mías, y sé que ha contestado las de muchos otros.
 

         Sé que el Señor es nuestro Salvador. Sé que un día volverá. Cuando Jesús ascendió a los cielos luego de su resurrección, los ángeles que estaban allí les dijeron a sus discípulos que se quedaron mirándolo ascender:
 

         “Varones galileos, ¿por qué estáis mirando al cielo? Este mismo Jesús, que ha sido llevado de entre vosotros arriba al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo.”
(Hechos 1:11) 

         Sé que un día volverá, y espero su venida. Confío en estar en ese gran acontecimiento, ya sea que permanezca aún con vida, o que me levante de la tumba al son de la primera trompeta. Deseo tener esa gran dicha. Deseo estar con Él. Ojalá tenga tiempo en mi vida de ser un hombre mejor y ser digno de esa bendición, y si no lo tengo, confío en su gracia.
 

         Les testifico de su segunda venida. ¡Él Vendrá! Como me apasiona el tema hace un tiempo hice un resumen de las diversas escrituras relacionadas a las señales de su segunda venida. Pude comprobar que muchas ya se han cumplido. Registré casualmente en ese documento, que lo llamé “La Hoja de Higuera”, 58 señales positivas de acontecimientos buenos y bendiciones y 58 señales que las llamé negativas, que relatan calamidades y castigos. Me emociona ver el cumplimiento de nuevas señales. Tanto las positivas como las negativas son dadas para que los justos sepan que el Señor ya viene. No sé cuando vendrá, nadie lo sabe, ni los ángeles de los cielos, sólo Jesús y el Padre, pero hay muy pocas señales proféticas para cumplirse.
 

         Cuando Jesucristo venga dará comienzo, entre otras cosas, a cinco grandes acontecimientos:
 

1.   El comienzo de la resurrección. Testifico que los justos se levantarán primero. Entonces padres e hijos, esposos y esposas, nietos y abuelos, se recibirán con alegría. Se juntarán, los que estén vivos y que sobrevivieron, preservados por Dios de la desolación final, con los seres que se levantarán de la tumba, en abrazos y en llantos de alegría.
 

2.   El Retorno de las Diez Tribus Perdidas. Éstas llegarán a la Nueva Jerusalén cantando canciones de gozo sempiterno y los hielos se derretirán para darles paso.
 

3.   También acontecerá el retorno de la ciudad de Enoc. La ciudad que fue llevada al cielo, que descenderá y se unirá a la Nueva Jerusalén. (Ver Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia – Brigham Young – Capítulo 16).
 

4.   Ocurrirá la liberación de los judíos. Serán liberados de manos de futuros enemigos que habrán alianza contra Israel. En momentos en que estén cercados, el Señor peleará la batalla final en el Valle de Armagedón, liberando así a su pueblo. Y habrán dos puntos centrales de su Iglesia, la Vieja Jerusalén y la Nueva Jerusalén.
 

5.   Y también ocurrirá el comienzo de la era milenaria. Testifico que ocurrirá, cuando el Señor ponga su pie en la tierra. Y entonces no habrá más dolor, ni pesar, ni maldad, y el Señor Jesucristo será el Rey de Reyes y Señor de Señores.

         Lo testifico hermanos, Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios viviente. Testifico que ha resucitado, y nosotros resucitaremos por Él. Lo testifico en su nombre. Amén.

 


 
 
 
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